miércoles, febrero 21, 2018

¡Memoria histórica y foto inédita!: Dalí siempre tuvo en su casa un retrato de José Antonio

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Por mucho que la “memoria histórica” trate que olvidemos todo, no lo consentiremos. Dalí, era un español hasta el tuétano. Franquista desbordado y en su casa tenía siempre un retrato de José Antonio. El retrato desapareció nada más inaugurar la casa-museo. ¡Qué sorpresa!
Durante la Guerra Civil la suya y otras familias acomodadas de Figueras sufrieron la represión de la retaguardia republicana. Anna Maria Dalí, su hermana, fue detenida el 4 de diciembre de 1938 acusada falsamente de espionaje. Estuvo diecisiete días encarcelada en varias prisiones donde sufrió múltiples torturas y violaciones.
Dalí nunca se olvidó de ello (no como otros que para ganarse cargos en la democracia, vendieron su pasado y su alma).

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Fusilamiento de Jose Antonio primo de Rivera

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La Defenestración de Praga: la matanza que se evitó con un «milagro» en forma de montón de estiércol

El 23 de mayo de 1618, la ira de la aristocracia local, de color protestante, estalló contra los dos gobernadores imperiales, Jaroslav Martinitz y Wilhelm Slavata, como muestra de descontento por el ascenso de un Emperador que amenazaba con finiquitar los privilegios de la parte no católica de Bohemia

Los ruegos de Jaroslav Borita von Martinitz para que le facilitaran, al menos, un confesor encolerizaron al grupo de hombres armados que habían irrumpido en el castillo de Hradschin, en Praga, con la intención de matar a los representantes del Emperador Fernando II. El 23 de mayo de 1618, la ira de la aristocracia local, de color protestante, estalló contra los dos gobernadores imperiales, Jaroslav Martinitz y Wilhelm Slavata, como muestra de descontento por el ascenso de un Emperador que amenazaba con finiquitar los privilegios de la parte no católica de Bohemia, hoy República Checa. En tanto la religión era la sustancia del conflicto, la demanda de un confesor católico antes de morir envalentonó todavía más al grupo armado.
Como narra el historiador Peter H. Wilson de forma magistral en el arranque de «La guerra de los Treinta Años» (editado en castellano por Desperta Ferro Ediciones), que saldrá a la venta el próximo 28 de febrero, los cinco hombres armados arrojaron de cabeza a Martinitz por la misma ventana en la que colgaba Slavata, quien minutos antes había corrido la misma suerte. A la vista de sus habilidades felinas, los agresores causaron heridas en las manos de Slavata para que se soltara, de modo que también cayó con pesadez sobre una distancia de 17 metros. Slavata se golpeó la cabeza, sin graves consecuencias, contra el alféizar de una de las ventanas inferiores; mientras Martinitz se levantó con apenas raguños. A continuación, los atacantes la tomaron con Philipp Fabricius, secretario de Slavata, al que lanzaron por la ventana de la misma manera.
Portada del nuevo libro editado por Desperta Ferro
Portada del nuevo libro editado por Desperta Ferro
Sorprendentemente, los tres «defenestrados» (del verbo «defenestrar», 1. tr. Arrojar a alguien por una ventana) sobrevivieron a la caída y huyeron del lugar mientras a sus espaldas silbaban los proyectiles. Según la tradición, los tres cayeron suavemente sobre un montón de estiércol depositado en el foso del castillo. Su supervivencia se vislumbró en los círculos católicos como una señal de que la voluntad divina estaba del lado de su fe.
Slavata, ayudado por Martinitz, logró refugiarse en la residencia del canciller de Bohemia. La intervención de la esposa del canciller, una mujer de armas tomar llamada Polyxena, impidió que el grupo de revoltosos remataran al herido Slavata. El secretario Fabricius, por su parte, escapó hacia Viena, corazón de la Monarquía de los Habsburgo, a poner sobre aviso al Emperador de que una rebelión estaba en ciernes.
El episodio en el castillo vendría a llamarse Segunda Defenestración de Praga –la primera se emplaza en 1419– y está considerada la causa, o al menos el detonante, de la Guerra de los 30 años, un conflicto que causó ocho millones de muertos y cambió por completo las fronteras de Europa. En el mencionado libro, que Desperta Ferro pondrá a la venta en España tras numerosos reconimientos internacionales, Peter H. Wilson recuerda que «la guerra ocupa un lugar en la historia alemana y checa similar al que las guerras civiles ocupan en Gran Bretaña, España y los Estados Unidos o las revoluciones en Francia y Rusia: un momento determinante, de trauma nacional que dio forma al modo en el que los países se definían y se situaban en el mundo».
Cuadro de Václav Brožík representando a la esposa del canciller frenando a los atacantes
Cuadro de Václav Brožík representando a la esposa del canciller frenando a los atacantes

El germen de la rebelión de Bohemia

¿Cómo se llegó al punto de arrojar por la ventana a los gobernadores como quien lanza pan a las palomas? Las guerras de religión en Alemania tienen la respuesta... Desde que la Paz de Augsburgo de 1555 puso en pausa las tensiones religiosas del Sacro Imperio Germánico, los luteranos fueron ganando más terreno sin que pudieran inmiscuirse ni la corte de Viena ni la de Praga, donde el Emperador Rodolfo II estableció a principios de su reinado su sede. El acuerdo permitió a los distintos príncipes del imperio elegir entre dos confesiones cristianas (luterana y católica) para que aquella fuera la religión «oficial» en sus estados. Claro está, que esta cesión en «tolerancia religiosa» excluía a otra fe cada vez más pujante.
Los calvinistas, mucho más activos y militantes en los asuntos de fe que los luteranos, no estaban incluidos en la Paz de Augsburgo. La casa imperial e incluso algunos príncipes protestantes se negaban a aceptar a esta herejía fuertemente arraigada en el norte y este de Alemania. A la muerte del extravagante Emperador Rodolfo II, que contra todo pronóstico mantuvo la calma en el Imperio, los príncipes católicos y protestantes comenzaron a llenar sus arsenales y a levantar ejércitos de mercenarios en previsión a un conflicto que, nadie lo supo preveer entonces, iba a suponer una auténtica guerra civil europea.
Retrato de Fernando de Estiria
Retrato de Fernando de Estiria
El Reino de Bohemia, a donde Rodolfo II trasladó la corte imperial, emergió como el epicentro del conflicto. En 1617 heredó el trono de Bohemia el archiduque de Estiria, Fernando. Este sobrino del Emperador Matías se educó en el colegio jesuita de Ingoldstad y gozaba de una merecida fama de católico intransigente. Los parlamentarios protestantes de la Dieta de Bohemia, reunidos en Praga contestaron a su entronización, en 1618, destituyendo a Fernando y rechazando a sus enviados al sospechar que el futuro Emperador no pensaba respetar las concesiones religiosas de Rodolfo II y luego Matías.
La conocida como Defenestración de Praga escenificó el 23 de mayo de 1618 su descontento y el principio de la Guerra de los 30 años.

La fase más favorable para España

En lugar de Fernando de Estiria, la asamblea protestante coronó tras la Defenestración de Praga al elector Federico V del Palatino, el más destacado de los príncipes calvinistas. Su reinado fue breve, tanto como un invierno, de ahí que se le apodaran «el Rey de invierno».
La muerte del Emperador Matías entregó toda la corona imperial a Fernando, que destinó la maquinaría militar de la Liga Católica, a cuyo frente estaba el Duque de Baviera, a la tarea de aplastar la rebelión de Praga. Y no se conformó Fernando II con la Liga Católica, pues en esas fechas reclamó también la intervención de su primo Felipe III de España. Fernando ofreció a España la soberanía sobre Alsacia a cambio de entrar en la guerra. Así aceptó la corte madrileña, revuelta con el ascenso al trono de Felipe IV, y toda una generación deseosa de recuperar el prestigio de las armas españolas tras un tiempo de repliegue.
Federico V por Gerrit van Honthorst.
Federico V por Gerrit van Honthorst.
Ambrosio Spínola, general en auge del Imperio español, dirigió un ejército de 10.000 infantes y 3.000 jinetes hacia lo que todos creían, holandeses incluidos, iba a ser la ocupación de Bohemia. No era así. En un brillante movimiento de distracción, Spínola cayó con los tercios sobre el Palatinado, dominio personal del elector Federico, y conquistó para España la mayor parte de este territorio, a pesar de enfrentarse a un ejército de más de 24.000 mercenarios. Dueño de las dos orillas del Rin, el general banquero envió parte de sus tropas, en concreto tres tercios de valones y uno de napolitanos, a unirse a los ejércitos de la Liga Católica, que se enfrentaron a los protestantes en la batalla de la Montaña Blanca (1620). La aplastante victoria imperial abrió las puertas de Praga a Fernando II, y con él a los padres jesuitas. El elector Federico tuvo que exiliarse y buscar refugio en La Haya.
La fase más favorable a la causa católica llegó así a su fin. Los años siguientes alumbrarían el esplendor protestante y el despliegue militar del revolucionario ejército sueco de Gustavo II Adolfo. «Vivimos como animales, comiendo cortezas y hierba. Nadie podía imaginar que fuera a ocurrirnos algo semejante. Mucha gente dice que no hay Dios», escribió una familia de campesinos de Suabia (Baviera) en la solapa de una Biblia en 1647.
La lucha derivó en una gran catástrofe europea. Dinamarca, Suecia, España, Francia, la República Holanda…. prácticamente toda Europa acabó involucrada en la Guerra de los Treinta años con tantas fases que la religión terminó por ser algo secundario en el tablero de juego.

 


La trágica muerte de Aníbal, el general tuerto que hizo temblar a Roma y fue abandonado por su país

Tras la guerra con Roma, el genio militar se integró en el escenario político como magistrado en un intento de reformar el sistema de gobierno y evitar, en calidad de comandante de las fuerzas de defensa de la ciudad, que Cartago entrara en una guerra civil. Su esfuerzo le costó la enemistad de parte de la nobleza

Grandes imperios exigen grandes enemigos. Pero ni Pirro de Epiro, el que diera nombre a las victorias «pírricas»; ni el exótico Mitrídates VI, víctima del gran Pompeyo; ni Vercingetorix, compatriota de Asterix y Obelix; ni el héroe de los esclavos, Espartaco… ningún rival de la Antigua Roma estuvo a la altura de su leyenda. Ninguno estuvo verdaderamente cerca de hacer añicos la Ciudad Eterna, salvo en el caso de Aníbal Barca, el cartaginés que llevó la guerra al corazón de Italia.
Nacido en Cartago (al norte de Túnez), Aníbal Barca no tenía un nombre al azar, sino el recordatorio de que el mundo antiguo esperaba grandes cosas de él. Aníbal procedía de «Hanni-baʾal», «quien goza del favor de Baal»; y Barca de «barqä» («rayo», en lengua púnica). Hijo del general Amílcar Barca y de su mujer ibérica, Aníbal se crió en el ambiente helenístico propio de Cartago, una vieja colonia fenicia que había evolucionado hasta convertirse en un potente imperio con presencia en la Península Ibérica. Se sabe que aprendió de un preceptor espartano, llamado Sosilos, las letras griegas, y que juró a los 11 años que nunca sería amigo de Roma y emplearía «el fuego y el hierro para romper el destino» de esta ciudad.
Así lo empezó a hacer con la conquista en el año 219 a.C de Sagunto, ciudad española aliada de Roma, cuyo ataque precipitó una nueva guerra entre las dos grandes potencias mediterráneas, la República de Roma contra Cartago.
Busto de Aníbal
Busto de Aníbal
La respuesta de Roma fue inmediata: se preparó para llevar la guerra a África y a la Península Ibérica. Uno de los dos cónsules de ese año se dirigió a Sicilia a preparar un ataque sobre la propia Cartago, mientras el otro cónsul, Publio Cornelio Escipión (el padre de «El Africano»), se dirigió al encuentro de los hermanos Barca en la Península. No obstante, los planes de Aníbal iban más allá de combatir en España. Ante la sorpresa general, decidió invadir Roma a través de los Alpes, en parte obligado por la inferioridad naval y las dificultades financieras para armar una armada. Aníbal partió con un ejército compuesto por 90.000 soldados de infantería, 12.000 jinetes y 37 elefantes, que fue incrementándose al principio del camino con tropas celtas y galas, que también se sumaron a la ofensiva contra Roma.

La victoria decisiva que no lo fue

La travesía, que tuvo lugar en invierno, se desarrolló en quince días, pero el precio pagado en vidas humanas fue muy alto, ya que al llegar a la altura de Turín tan solo quedaban vivos 20.000 infantes, 6.000 jinetes y un elefante. Aníbal, además, perdió su ojo derecho a causa de una infección durante el dificultoso trayecto. Con todo, en la batalla de Cannas el 2 de agosto del 216 a.C. Aníbal venció a un ejército muy superior en número al suyo empleando una táctica envolvente y aprovechando las condiciones del terreno (estrecho y plano). Como resultado, las fuerzas de Aníbal causaron cerca de 50.000 muertos, entre los que figuraba el cónsul Lucio Emilio Paulo, dos ex-cónsules, dos cuestores, una treintena de tribunos militares y 80 senadores.
El dejar con vida a Roma condenó irremediablemente a Anibal a una guerra de desgaste
La derrota dejó vía libre para que Aníbal arrasara la ciudad, lo cual sorprendentemente no hizo. Ningún ejército romano se encontraba cerca de la ciudad y se sucedieron situaciones de pánico dentro de sus muros. Las mujeres escondieron a sus bebés, hasta el último de los hombres se armó y un único grito resonaba: «Hannibal ad portas» (Aníbal está a las puertas). El dejar con vida a Roma condenó irremediablemente a Aníbal a una guerra de desgaste, lejos de sus puertos y sin refuerzos a mano, que no podía ganar.
Un joven general que sobrevivió a Cannas, Escipión «El Africano», trasladó la guerra a Hispania y expulsó de allí a los africanos en pocos años. Sus esfuerzos obligaron a Aníbal a regresar a África y a abandonar para siempre Italia. Allí fue vencido en la batalla de Zama, en el 202 a.C. y Cartago se vio obligada a firmar una paz humillante, que puso fin al sueño cartaginés de crear un gran imperio en el Mediterráneo occidental.
Escipión neutralizó la amenaza de los 80 elefantes reunidos por el Aníbal en Zama, cerca de Cartago, aplicando varias tácticas: por un lado ordenó a sus hombres bruñir corazas, cascos y cualquier cosa de metal, de tal modo que el sol se reflejara en ellos y deslumbrara a los animales; además, pidió a varios músicos militares que desconcertaran con su ruido a los elefantes. Los romanos se encargaron de que los nerviosos animales (aterrados por el ruido y los reflejos) pasaran de largo a través de los pasillos que había dejado Escipión entre sus tropas. Atacados desde los flancos por las lanzas de los legionarios, los elefantes murieron o retrocedieron hacia las líneas cartaginesas.
Tempestad de nieve: Aníbal y su ejército atravesando los Alpes
Tempestad de nieve: Aníbal y su ejército atravesando los Alpes
Al final del combate, las bajas cartaginesas se elevaron a alrededor de 20.000 muertos y 15.000 prisioneros. Los romanos capturaron también 133 estandartes militares y once elefantes.

Las reformas de Aníbal

La derrota de Aníbal desató una oleada de críticas de la clase oligárquica de Cartago, en su mayoría provenientes de la facción de los Hannón, rivales de los Bárcida, a pesar de que precisamente el derrumbe y la incompetencia en otros frentes había obligado a volver a casa al gran general cartaginés. Sus enemigos internos le acusaban de no haber aprovechado sus victorias en Italia y haberse enriquecido a costa de los botines de guerra. No obstante, Barca estuvo presente en la negociación entre Roma, literalmente a las puertas de Cartago, y el Senado de esta ciudad.
Incluso cuando no era partidario de una paz humillante, que asfixió la economía de la vieja colonia fenicia; ratificó el tratado y se enfrentó públicamente a un senador favorable a la guerra, al que sacó a empujones de la tribuna cuando comenzó a hacer su alegato.
La aristocracia se sintió amenazada por el espíritu reformista de Aníbal, hasta el punto que algunos se organizaron para orquestar su caída
Tras las negociaciones, Aníbal Barca se integró en el escenario político local como magistrado en un intento de reformar el sistema de gobierno y evitar, en calidad de comandante de las fuerzas de defensa de la ciudad, que Cartago entrara en una guerra civil. Durante su mandato combatió la corrupción en su ciudad y se enfrentó con los personajes más codiciosos del país. Incluso el Consejo de los Ciento Cuatro, compuesto por los aristócratas más poderosos, fue objeto de las reformas de Aníbal, que estaba respaldado ampliamente por el pueblo.
La aristocracia se sintió amenazada por el espíritu reformista del populista Aníbal, hasta el punto que algunos se organizaron para orquestar su caída. Recurriendo a sus contactos en Roma, la oligarquía difundió el rumor de que el cartaginés estaba en conversaciones para cerrar un pacto militar con el Rey seléucida Antíoco III, el más férreo sucesor de los imperios que sucedieron a Alejandro Magno en Asia, y reanudar así la guerra en Italia. El Senado romano, a excepción de Escipión y sus aliados, dio crédito a las murmuraciones y, en la primavera de 195 a.C., una delegación romana desembarcó en África con el pretexto de dirimir un litigio entre Cartago y la región cercana de Numidia.
Grabado de la Batalla de Zama, de Cornelis Cort (1567).
Grabado de la Batalla de Zama, de Cornelis Cort (1567).
Lo cierto es que a Roma le importaba un pito que fuera cierto o falso lo que se decía de Aníbal. La leyenda de Aníbal, el general que había aterrado la ciudad, seguía presente en Italia como sinónimo de alguien que gastaría hasta su último aliento a destruir Roma. Detrás de la excusa de Masinisa estaba la intención de exigir que Cartago entregara a su más brillante general para que Roma pudiera pasearlo encadenado por sus calles. No en vano, advertido de la conjura Aníbal abandonó su patria e hizo precisamente lo que le habían acusado sin pruebas, y más temían, sus enemigos: se ofreció a cualquier nación mediterránea, por pequeña que fuera, que quisiera contratar sus servicios y luchar contra Roma.
El primer destino en el exilio de Aníbal fue la corte de Antíoco III, el Monarca seléucida con el que le habían vinculado los romanos. Acogido con gran fanfarria al principio, el cartaginés asumió el cargo de asesor militar del Rey, quien empezó a torcer el gesto cada vez con más frecuencia ante las sugerencias de Aníbal para mejorar sus ejércitos. Para cuando estalló la guerra contra Roma en 192 a.C., Aníbal había sido silenciado bajo toneladas de palabras de consejeros aduladores del gusto del Rey.
Tras aplastar a los ejércitos de Antíoco y de su aliado Filipo V de Macedonia, la República de Roma exigió que le entregaran a Aníbal antes de empezar a dictar las condiciones de paz.

La última guarida del general

Aníbal pasó los siguientes años huyendo por Oriente Próximo con las tropas romanas pisándole los talones. Siria, Creta, Armenia… la última parada del hombre que había puesto en jaque Roma fue la Corte de Bitinia. Prusias, el Rey de Bitinia, se valió de sus servicios en su particular guerra con Eumenes II de Pérgamo, aliado de Roma. En uno de los choques navales del conflicto se achaca a Aníbal ser de los primeros en usar una versión primitiva de guerra biológica con el lanzamiento de calderos o tinajas repletas de serpientes vivas al barco contrario. Estos primeros éxitos en Bitinia, sin embargo, se tornaron en derrotas cuando Roma acudió en auxilio de su aliado.
Caricatura del siglo XIX que representa la muerte por envenenamiento de Aníbal.
Caricatura del siglo XIX que representa la muerte por envenenamiento de Aníbal.
Aníbal se convirtió pronto en una patata caliente también para el Rey bitinio, quien traicionó a su huésped cuando se encontraba en Libisa, en la costa oriental del Mar de Mármara. Ante la llegada del embajador romano Tito Quincio Flaminino y hombres armados, Aníbal decidió suicidarse en el invierno del 183 a. C. empleando un veneno que, según se dice, llevó durante mucho tiempo en un anillo. Las fuentes clásicas aseguran que su muerte coincidió, curiosamente, en el mismo año con la de Escipión «El Africano».
No resulta fácil separar el mito de la realidad en lo referido a su tumba. Según escribió el autor clásico Aurelio Víctor, su cuerpo reposó en un ataúd de piedra con la inscripción: «Aquí se esconde Aníbal» en una tumba situada en una pequeña colina de cipreses cerca de Diliskelesi, lo que hoy en día pertenece a la ciudad turca de Libisa (actual Gebze) en Kocaeli. Una estructura que fue restaurada en el año 200 por el Emperador Septimio Severo, quien ordenó cubrirla con una losa de mármol blanco, pero más tarde cayó en el olvido.
Durante el gobierno turco de Atatürk, se realizaron excavaciones en vano con la intención de encontrar la tumba. A pesar de ello se decidió hacer un parque en conmemoración a su persona, y más tarde en 1981 se añadió una inscripción en mármol.

 

Sin novedad en el Alcázar de Toledo: la victoria que hizo dictador a Franco

Cadáveres en las ruinas de la Plaza de Zocodover.
El 21 de julio de 1936 una guarnición de Guardias Civiles y militares sublevados se encerraron en la fortaleza con mujeres y niños
Durante setenta días aguantaron el asedio de los republicanos hasta que el 27 de septiembre las tropas de Franco liberaron la fortaleza en ruinas. Al día siguiente, el general sería nombrado jefe del Estado nacional
"A las 5.30 rompen el fuego las piezas de 15.5 emplazadas en Pinedo, y entre las 30 detonaciones que disparan se oye una de mayor intensidad que llena de polvo y humo muy negro todas las dependencias del Alcázar". Es el 27 de septiembre de 1936, la última entrada del diario del asedio del coronel José Moscardó, que dirige a los sitiados en el Alcázar de Toledo. Para entonces, un amasijo de hierro y ruinas.
"Se supuso pudiese ser la explosión de una mina pues en la explanada Este y cerca del Torreón Norte se veía el embudo producido por la mina, que tiene aproximadamente unos 30 metros de diámetro por cuatro o cinco de profundidad (...) Inmediatamente de la explosión y cañoneo, empieza el intento de asalto". Fuera de los muros, el comisario soviético Kolstov presencia el último ataque de las tropas republicanas, mientras a su espalda se divisan ya las columnas del Tabor de Regulares de Tetuán y la V bandera de la legión que avanzan para romper el cerco de los sitiados.
La detonación de "mayor intensidad" es la cuarta mina para volar lo poco que queda de la fortaleza. Dirigidas hasta los cimientos del edificio, las dos del 18 de septiembre, derribaron el torreón suroeste, y la fachada oeste. A los sitiados les quedaban provisiones para seis días como mucho.

El guión de la épica

El asedio del Alcázar era en sí mismo un guión inmejorable para la propaganda, de una irresistible épica. Lo protagonizó el entonces coronel Moscardó, aunque sería Franco, el 21 de septiembre de 1936, cuando ya llevaban dos meses largos de asedio, el que le daría la forma definitiva. Sus tropas avanzaban desde julio hacia Madrid para tomar la capital y poner fin a la República. Cuando llegaron a Maqueda, la capital estaba a tiro. Las defensas carecían de orden y armamento, su línea era débil, el camino casi expedito, las puertas de Madrid aguardaban tiritando.
Franco, que había prometido su liberación, tomó la decisión que cambiaría el transcurso de la guerra: había que abandonar la marcha hacia Madrid y dirigirse a Toledo, a socorrer a los sitiados. Una escueta orden que escondía un meditado relato y que le encumbraría como líder indiscutible de los sublevados. La República lo había convertido también en un símbolo. Dedicaron esfuerzos ímprobos para lograr su rendición: hasta el presidente del gobierno Largo Caballero fue en persona a comprobar el estado de la ofensiva; aunque para ninguno de los dos bandos tenía valor militar.

Los rehenes de los defensores

Setenta días antes, el 21 de julio de 1936, el coronel José Moscardó Ituarte director de la Escuela de Gimnasia del Ejército, oficial de mayor graduación en Toledo, había declarado el Estado de Guerra, que se lee en la plaza de Zocodover. Antes, había dado orden de recoger las municiones de la fábrica de armas de la ciudad hacia el Alcázar para encerrarse con una compañía de la Guardia Civil y los estudiantes de las academias. En total unos 1.000 hombres, 693 de la benemérita.
Con ellos, más de medio millar de mujeres y niños que se llevaron también a su interior. Muchos no habían elegido encerrarse dentro, y no todos eran familias de los Guardias Civiles y militares sublevados: "desde este momento empieza el asedió del Alcázar, adonde se llevó al Gobernador Civil con sus familiares y varias personas más izquierdistas en calidad de rehenes", tal y como declararía por escrito el entonces general José Moscardó el 5 de julio de 1939. Algunos detalles se soslayarían en las posteriores versiones.
Los elementos que convertirían el asedio en un episodio rayando el mito no tardarían en aparecer. Dos días después de haberse declarado el estado de Guerra desde una plaza numantina, sonó el teléfono en la centralita del Alcázar; la llamada más controvertida de la historia de España. El jefe de las milicias de Toledo, Cándido Cabello, pidió hablar con el coronel Moscardó:
A Luis Moscardó no le fusilarían en los diez minutos siguientes, ni diez horas después. Lo harían el 23 de agosto junto a una saca de otros sesenta presos de Toledo. La conversación, la heroicidad de Moscardó y la vileza de los milicianos se convirtieron en uno de los hitos del bando nacional. Sin embargo, no parece que cumplieran su amenaza, ni que su muerte fuera consecuencia de la conversación. El propio Moscardó dudaba de que lo fueran a asesinar, tal y como escribiría a su esposa en una de sus cartas, durante el asedio:

Carta de José Moscardó a su esposa, 25 de julio de 1936

"No te quiero decir la amargura que tengo sabiendo que nuestro Luis está en poder de esa gente. Ya sabrás que el jefe me llamó por teléfono el día 23 y me dijo que si en el término de diez minutos no nos rendíamos, lo mandaba fusilar, y por si yo dudaba, le hizo venir al teléfono y hablara conmigo para convencerme de que era él. Excuso decirte, mi hijo de mi alma, me habló con voz tranquila, y yo no hice más que decirle que encomendara su alma a Dios si llegara el caso y diera un Viva España muy fuerte. Yo espero que no sean tan crueles que quieran vengarse en la persona de mi hijo, completamente inocente en esta causa, y no pase de una amenaza, pero no obstante no puedo estar confiado (...)"
La versión de la conversación telefónica se puso en duda por algunos autores después de la guerra, especialmente por Luis Quintanilla -que vivió el asedio desde las filas republicanas- en su libro 'Los Rehenes del Alcázar' (1961) y el corresponsal del New York Times Herbert L. Mathews en 'The yoke and the arrows' (1957), aunque el estadounidense se retractaría públicamente en una carta pocos años después. Los argumentos fundamentales fueron que para entonces la línea telefónica estaba cortada, aunque en realidad estaba intervenida, al menos durante las primeras semanas: los sitiados no podían realizar llamadas pero si recibirlas.
Las cartas de Moscardó son reveladoras, porque parece poco probable una invención de la escena en una misiva personal. Por otra parte, se recogieron varios testimonios en ambos lados de la línea que aseguraron escuchar la conversación como recogerían Luis Togores y Alfonso Bullón de Mendoza. Un aspecto menos difundido es que apenas un día después, un grupo de los Guardias Civiles sitiados hicieron una incursión en la ciudad, mataron al dirigente del PSOE, Domingo Alonso, y se llevaron de rehenes a su mujer y sus hijas.

Carne de caballo racionada

El encierro entre los muros del Alcázar pronto demostraría su brutalidad: como albergaba la academia disponía de una nutrida despensa, pero al ser periodo vacacional estaba casi vacía. Dentro había cerca de 1.800 personas, a las que no les faltó el agua, debido a los pozos que disponía la fortaleza y que aunque, racionada, no escaseó, pero sí la comida. Las incursiones para lograr víveres fueron en su mayoría fallidas.
Se lograron obtener algunos sacos de trigo de un depósito cercano pero la base de la alimentación, racionada, fueron los caballos y las mulas de las cuadras de la academia en el perímetro exterior de la fortaleza aún bajo control de los sitiados. 190 caballos de los que al final sólo quedó uno.
El fuego de artillería fue incesante durante todo el asedio, aunque serían las minas las que provocarían los mayores destrozos. Las autoridades republicanas se volcaron en su destrucción. Hubo dos grandes asaltos y un intento de negociación que le fue encomendada al prestigioso Vicente Rojo, que había dado clase en el Alcázar. Rojo entró en la fortaleza para parlamentar con Moscardó el 8 de septiembre, ofreciendo la evacuación de las mujeres y los niños primero y la rendición después.
Mientras, en el Palacio de los Golfines, en Extremadura, el cuartel general de Francisco Franco, se dirimían las tensiones entre los golpistas. Franco era ya 'Primus inter pares'n como reconocían abiertamente ya la mayor parte de los generales sublevados. El éxito del avance de su Ejército de África, con las columnas del general Yagüe cosechando victorias y la confianza cada vez mayor que depositaban los nazis en el liderazgo de Franco, le habían situado como líder. Canalizaba ya la ayuda alemana, pero necesitaba el golpe de efecto.
El Alcázar, por su simbolismo y la atención internacional, era el objetivo. Según el historiador Paul Preston, Franco supeditó la dirección militar a su éxito político: (*) "Franco perdió dos semanas mientras tomaba Toledo y se ocupaba de lo relativo a su propio ascenso político. Esa dilación constituiría la diferencia entre una excelente oportunidad para entrar fácilmente en Madrid y el hecho de tener que emprender un largo asedio como resultado de la reorganización de las defensas de la capital y la llegada de la ayuda extranjera".

'Sois cojonudos'

La Junta de Defensa se tenía que reunir el día 28, aunque un acuerdo del día 21 tenía entre en sus puntos el de concederle la jefatura militar. Sin embargo, la decisión de desviar el avance sobre Madrid para liberar el Alcázar le otorgaría mucho más. Franco sustituyó a Yagüe, partidario de seguir hacia Madrid, por su amigo de las campañas del Rif, el general Enrique Varela. El día 21, siguiendo las órdenes de Franco se dirigió a tomar Toledo. Seis días después, estaban a las puertas. Para el historiador Luis Suárez, la decisión de Franco no implicaba renunciar a la capital, porque creía que ambos objetivos podían lograrse (**). Primó el golpe propagandístico.
Después de la ofensiva republicana de la mañana del día 27, y la explosión de la última mina, las columnas de Asensio, la vanguardia de Varela, llegaron a Toledo. A las nueve de las noche el Tabor de Regulares de Tetuán, alcanzó el esqueleto y los escombros de lo que una vez fue la antigua fortaleza, seguidos de un destacamento de la Legión. Unos soldados macilentos les recibieron con vítores a España. Rápidamente descendieron del éxtasis patriótico: "Sois cojonudos". La mañana siguiente el coronel Moscardó recibió al general Enrique Varela: "En el Alcázar, sin novedad".
Pero la cita con la historia estaba, ese mismo día, en Salamanca. Los generales golpistas de la Junta de Defensa, entre ellos Kindelán y Cabanellas, se habían reunido para firmar el decreto que unificaría el mando de las tropas rebeldes. Pero en la redacción del decreto no sólo se incluyó el de la jefatura militar para Francisco Franco, sino el de la jefatura del Estado.

Mando absoluto

Según Luis Suárez: "Kindelán recuerda que cuando leyó el decreto hubo vacilaciones porque Cabanellas y quienes le apoyaban no querían que nadie pudiera acumular en su persona tal plenitud de poder. Pero durante el almuerzo las noticias amplias del éxito logrado en Toledo, donde la resistencia enemiga había cesado y de las aclamaciones populares en Cáceres, quebraron toda resistencia", Se introdujo un aclaración "mientras dure la guerra", que molestó enormemente a Franco y su mención pronto desapareció.
A Moscardó, el peso de la épica le alcanzaría. Varela le había propuesto para la Laureada, la más alta condecoración militar, pero cuando salió de los muros derruidos, había perdido dos hijos. La defensa del Alcázar fue una gesta descomunal de nulo valor estratégico, tanto para los rebeldes como para los republicanos. No evitó que ambos bandos lo convirtieran en una cuestión de prestigio.
Franco llegó dos días más tarde de la liberación y les arengó con que "habían ganado la guerra", en un momento de exaltación. Se refería al cónclave del día anterior en el que había sido nombrado Jefe del Estado. Franco quería decir que con el mando único no habría forma de detenerles: "El 1 de octubre habiendo triunfado en Toledo, Franco asumiría el mando supremo; sus compañeros de armas le ofrecieron la dictadura, que rechazó: exigía más, la Jefatura del Estado, la del Gobierno y el mando absoluto sobre todo el Ejército" (***). Ya no eran rebeldes, sino el Ejército Nacional. Todos, bajo su mando supremo, para la guerra, y para la eventual paz.
(*) 'Franco', Paul Preston (Debate)
(**) 'Franco', Luis Suárez (Ariel)
(***) 'Franco y el Tercer Reich' Luis Suárez (La Esfera de los libros)

domingo, febrero 18, 2018

Holodomor: historia de una extraña y poco conocida palabra que dejó millones de muertos en apenas un año

Sucedió en pleno comunismo por orden de Stalin, ensañado en especial contra el pueblo ucraniano
Iósif Stalin impuso el cruel Holodomor que mató entre dos y cuatro millones de ucranianos entre 1932 y 1933.
Iósif Stalin impuso el cruel Holodomor que mató entre dos y cuatro millones de ucranianos entre 1932 y 1933.
Holodomor. El nombre sugiere, además de un enigma por descifrar, acaso el de un dios pagano. Y su resonancia lo instala menos en el Bien que en el Mal.
Pero estas palabras son apenas una fantasía…
Avancemos hacia la verdad.
En apenas un año –1932 a 1933–, la bestial dictadura de Iósif Stalin ordenó el Holomodor contra el campesinado que sobrevivía bajo el comunismo como República Socialista Soviética de Ucrania.
Aquí llegamos al verdadero y trágico significado de la palabra: Holodomor o Golodomor quiere decir, aterradoramente: "Matar de hambre".
Exactamente lo que hizo "el padrecito Stalin" contra un número que oscila entre los dos y los cuatro millones de almas. De muertos. De otras tantas o más familias aniquiladas. Y con un dato demoníaco: la mayoría de esos cadáveres arrojados a enormes fosas comunes… eran de niños.
El punto de partida –la condena– fue el proceso de colectivización del campo: el despojamiento de las tierras que aún conservaban algunos dueños desde los tiempos del zarismo.
Cínico, Stalin atribuyó la letal hambruna a una serie de malas cosechas.
Falso. La producción ucraniana de granos llegó en 1933 a un récord de 22 millones de toneladas: más que en 1931, mucho más que en 1932…
Testimonio de Maria Martyniuk, sobreviviente:
"El gobierno dijo que había que entregárselo todo, y comenzaron a humillar a mi padre, que dijo: 'Tengo hijos, tengo una familia'. Pero ellos dijeron que todos iríamos a la granja colectiva, el koljoz, y que allí estaríamos mejor. Le dijeron a mi padre que bajara las campanas de la iglesia, pero él se negó:
–Yo no las subí, y no voy a bajarlas…
Lo golpearon y lo encerraron en una celda. No lo vimos durante dos semanas. Y apenas volvió a casa… ¡murió! Las máquinas que cosechaban el trigo y el centeno dejaban los tallos. Mi madre recogió algunos para cocinar algo, pero una brigada se los quitó, y la golpeó. Ella se acostó en su cama, y nunca más se levantó. Así fue como murió".
¿Sólo los ucranianos fueron víctimas del Holodomor, o la hambruna fue colectiva?
Según varios historiadores, "fue un acto de exterminio intencional de Stalin contra la nacionalidad ucraniana por oscuras razones nunca aclaradas. Es cierto, sí, que la apropiación de las tierras y las cosechas por parte del Estado soviético propició otras hambrunas, pero ninguna tan cruel y criminal como la lanzada contra Ucrania".
La colectivización –el despojo, en verdad– fue decidida por el Comité Central del Partido Comunista en diciembre de 1929: una guerra declarada, abierta y total contra los campesinos… ¡el 82 por ciento de la población del bloque de naciones sometidas por el régimen!
Por cierto, esa política de tabla rasa desató protestas, disturbios y revueltas en todo el territorio: más de tres millones dispuestos a impedir el despojo. Pero el Ejército Rojo se encargó de extinguir esos fuegos, arrestó a miles de intelectuales ucranianos bajo falsos cargos de conspirar contra el Estado, los condenó a las prisiones siberianas, y muchos fueron fusilados…
Testimonio de Luba Kachmarska, sobreviviente:
"Cuando empezaron a expropiar nuestras tierras cubrieron nuestras papas con un polvo blanco. Las más grandes, que mi madre había reservado para nosotros, y también las más pequeñas, que eran para nuestros cerdos. Los hombres empujaron las papas con rastrillos para que se mezclaran con ese polvo blanco, que era veneno. Destrozaron todo y se llevaron las semillas que mi madre había salvado para el próximo año. No sé por qué mi madre hizo esto: antes de que nos robaran cuanto teníamos, cavó un gran agujero cerca de nuestra bodega, y en el otoño escondió allí dieciocho bolsas de papas. Después derribó un árbol para cubrir el agujero. Nadie lo encontró, a pesar de que tantearon el suelo por todas partes tanteándolo con varillas de acero. Sin esas papas, ni la familia de mi madre ni nosotros hubiéramos sobrevivido".
Pero Stalin consideraba insuficientes esos crímenes: esas condenas a morir de hambre. Tanto, que el 11 de agosto de 1932 le escribe una carta a Lázar Kaganóvich (1893–1991), un monstruo llamado "el Lobo del Kremlin", experto en matanzas masivas:
"Ucrania es hoy en día la principal cuestión, estando el Partido, y el propio Estado y sus órganos de la policía política de la república, infestados por agentes nacionalistas y por espías polacos, corriendo el riesgo de perder Ucrania. Una Ucrania que por el contrario es necesario transformar en una fortaleza bolchevique".
Títere siniestro, Kagánovich, organizador de toda forma de represión, tormento y muerte masivas, está considerado el cerebro de más de 40 millones de muertos hasta la agonía y muerte del comunismo.
Pero, last but not least, la masacre por hambre, el Holodomor –unos 25 mil muertos por día– , fue objeto de discusión durante décadas por una nimiedad, una grotesca estupidez universal.
Holodomor-7Si bien la condena fue unánime (o casi), quince países admitieron que la hambruna 1932–1933 fue sin lugar a dudas un genocidio contra el pueblo ucraniano. Pero apenas cinco le negaron su carácter de genocidio, reduciendo el Holodomor a sólo "un acto criminal del régimen estalinista"
Esos países son Estados Unidos, la República Checa, Eslovaquia, Chile y la Argentina.
Una extraña manera de calificar un crimen contra la humanidad. De limitar el Mal a los límites de un punto en el mapa.

El primer asesinato en masa de la Guerra Civil

Jaén había permanecido en manos del Frente Popular al inicio de la Guerra Civil. La Catedral de la ciudad andaluza se habia convertido en cárcel, a la que los comités revolucionarios de los municipios de la provincia y el de la propia capital traladaban a los detenidos acusados de ser “fascistas”, es decir: propietarios, militares, religiosos, falangistas,…
Ante la saturación de la improvisada prisión, que llegó a tener más de 1.300 presos, las autoridades del Frente Popular decidieron que los más “destacados” de ellos fueran trasladados a la cárcel de Alcalá de Henares. Para ello se organizaron dos expediciones en tren. La primera salió de Jaén el 11 de agosto con 322 detenidos a bordo, el segundo partió el día siguiente con 245 presos. Muchos de ellos no llegarían jamás a su destino porque fueron asesinados antes de alcanzarlo.
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El primero de los trenes llegaba a Madrid el día 12 de agosto, a la estación de Mediodía. Cuando se disponía a retomar el camino hacia Alcalá de Henares, fue detenido por un grupo de milicianos liderado por Basilio Villalba Corrales, líder de las milicias que se habían formado entre los ferroviarios. Tenían la lista completa de los ocupantes del tren y pretendían hacerse cargo de los presos con la evidente intención de asesinarlos.
Tras una corta negociación con los milicianos armados que vigilaban, junto a dos docenas de guardias civiles, a los prisioneros, cedieron parcialmente a las exigencias de Villalba y sus secuaces y les entregaron a 11 de los detenidos que fueron fusilados inmediatamente en las vallas de la estación.
El segundo tren llevaba solamente escolta de la Guardia Civil. Cincuenta agentes eran responsables de la integridad de los 245 presos. El convoy fue detenido por milicianos cuando frenaba en la maniobra de aproximación a la estación de Vallecas. Inmediatamente el oficial de la Guardia Civil se puso en contacto telefónico con Manuel Muños Martínez, director general de Seguridad y máximo responsable de la integridad de los ocupantes detenidos que, al ser advertido de que los milicianos contaban con tres ametralladoras y de que estaban amenazando con abrir fuego contra los agentes si se negaban a entregar a los presos, dio la orden de entregarlos a las turbas que llevaron el tren al Pozo del Tío Raimundo.
De los 245 presos que ocupaban este segundo convoy, 193 fueron asesinados. Se les bajaba en grupos de diez o quince personas que eran colocados junto a un terraplen y ametrallados sin recibir el tiro de gracia, como quedó claro tras la apertura de la fosa común al término de la Guerra Civil.
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Especial ensañamiento hubo con los miembros del clero, a juzgar por los testimonios dados por algunos de los supervivientes al acabar la contienda.
El obispo de Jaén, Manuel Basulto, y su hermana fueron asesinados individualmente por una miliciana llamada Josefa Coso “la pecosa” y el grupo que dirigía.
Otros testimonios han hablado que una de las víctimas fue un sacerdote, que al negarse a apostatar y blasfemar, fue asesinado a navajazos, rematándole con un estoque que llevaba a la cintura uno de los milicianos que participó en los asesinatos.
Los cadáveres fueron saqueados y los milicianos se repartieron, como botín, todos los enseres personales de sus víctimas.
Este primer asesinato en masa de la Guerra Civil fue presenciado por unas dos mil personas que animaban a los milicianos a agredir y no tener piedad con los detenidos.
Los milicianos que asesinaron a los detenidos del tren de Jaén aprovecharon para trasladar al lugar de las ejecuciones a 13 detenidos que tenían en el comité revolucionario de Vallecas para asesinarlos allí también. Esto explica que al abrir la fosa se encontrasen 206 cadáveres.

Paracuellos, la mayor fosa común de la Guerra Civil

En la localidad madrileña de Paracuellos del Jarama reposan los restos de unos 5.000 españoles asesinados entre los días 7 de noviembre y 3 de diciembre de 1936 en plena etapa de lo que se ha dado en denominar el “terror rojo en Madrid”.
La represión republicana en la asediada capital de España sumó un total de 30.000 asesinatos, casi la mitad de los que se produjeron en la zona controlada por el Frente Popular durante los tres años de guerra. La sexta parte de las víctimas de la persecución contra lo que se denominó la quinta columna en Madrid acabaron en Paracuellos, la mayor fosa común de la Guerra Civil española.
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Entre estos miles de asesinados no había militares vinculados al alzamiento militar. Las víctimas eran religiosos, políticos, militares jubilados, nobles o católicos. Todos ellos fueron sacados sucesivamente de las cuatro cárceles en las que se encontraban encerrados –Modelo, Porlier, San Antón y Ventas- y, con la excusa de su traslado a Valencia, llevados a la localidad próxima la río Henares donde, tras ser desvalijados y obligados a cavar su fosa, eran acribillados a balazos y enterrados, en algunos casos se les llegó a enterrar vivos, sin el tiro de gracia.
La culpa, según todos los autores que han estudiado estos hechos, fue del Partido Comunista, en especial de la Dirección General de Seguridad, a través del consejero de Orden Público, Santiago Carrillo.

La matanza que hundió a Azaña

Se reedita el ejemplar reportaje de Ramón J. Sender sobre la brutal represión de una rebelión campesina en Casas Viejas por parte de las fuerzas del orden republicanas


Muertos en la revuelta de Casas Viejas (Cádiz) en 1933.
Muertos en la revuelta de Casas Viejas (Cádiz) en 1933.
Destruida la choza, asesinado también con las esposas puestas Manuel Quijada y golpeada bárbaramente su mujer, Encarnación Barberán, que quiso protestar, los guardias bajaron en una columna disforme hacia la plaza y formaron en el centro. Más de doscientos hombres. El cura preguntaba tímidamente si había que usar sus servicios y preparaba un sermón para la primera ocasión en que hubiera que repartir en la iglesia “la limosna”. Los oficiales iban y venían con papeles. Después de los disparos últimos contra un grupo de curiosos, todo el mundo había vuelto temerosamente a sus casas, a sus albergues. La luz de las siete de la mañana llegaba por la parte del mar, lívida y penetrante. El jefe paseaba ante la doble fila de las fuerzas formadas. La humareda que seguía subiendo desde lo alto de la colina terciaba el cielo de la aldea con una faja negra. Ardían los cuerpos desmedrados de los campesinos. Todas las viviendas de la aldea estaban cerradas. Los jefes iban y venían con papeles. Uno dijo apresuradamente:
—Tengo órdenes rigurosas y concretas de hacer un escarmiento.
Miró el reloj y añadió:
—Doy media hora para hacer una razzia, sin contemplaciones.
Esta orden no se limitaba expresamente a los sucesos de Casas Viejas, sino que se había dado el día 11 con carácter general a todos los lugares donde se habían producido desórdenes, como otras órdenes no menos bárbaras; las fuerzas rompieron filas y se diseminaron en dirección a la torrentera, hacia las chozas de los jornaleros.
Un guardia preguntaba:
—¿Qué es una razzia?
Y otro respondía, cerrando la recámara del fusil:
—Que hay que cargarse a María Santísima.
En las calles no había un alma. Los campesinos permanecían con sus familias, silenciosos, en las chozas. A la puerta de una de ellas lloraba el niño de once años Salvador del Río Barberán. Llevaba en la mano un cartucho de fusil, disparado. Los guardias le dijeron, riendo:
—Tira eso, muchacho, que no es un pastel.
Luego empujaron la puerta. En el fondo, el viejo Antonio Barberán —el de la chaqueta de rayadillo— yacía sobre un charco de sangre. El muchacho lloraba y juraba que su abuelo no era anarquista. El guardia bisoño subió calle arriba con los otros, conocedor ya de lo que era una razzia. Atrás quedó el muchacho midiendo con los ojos la soledad de la calle. El pueblo había enmudecido. Después de las ilusiones de la noche del día 11, todo volvía a su viejo ser. Las tierras seguirían alambradas y cercadas “para nadie”. El hambre y la desesperación, el no hacer nada y la esperanza —como único horizonte— de que el cura los convocara un día u otro —quizá mañana, siempre ese “quizá”— para darles un bono de una peseta canjeable por sesenta céntimos de víveres; ese porvenir inmediato les aguardaba. No se veía otra cosa en los meses que faltaban hasta la siega. Las hoces esperaban clavadas en la paja de la techumbre. La ilusión de las cuarenta y ocho horas anteriores los había vivificado. Nadie se acordó de comer ni de dormir.
Pero la represión, la destrucción de la choza de Seisdedos, los asesinatos de Francisca Lago y de su padre cuando intentaban huir con las ropas ardiendo, todo aquel estruendo de bombas y fusilería al que estuvieron atentos los campesinos desde sus camastros; el recuerdo de Manuel Quijada, esposado, que caía bajo los culatazos de los guardias y era levantado a puntapiés para morir, por fin, ametrallado frente a la choza; los asesinatos de otros tres detenidos, muertos a bocajarro junto a las cercas; la muerte del septuagenario Barberán al lado de la cama que acababa de abandonar, esos acontecimientos eran conocidos rápidamente en todo el pueblo.
Durante la noche, los campesinos afiliados al sindicato, que tenían armas, huyeron. El campo los acogería en la noche fraternalmente. Por la tierra, por la superficie cultivable, todavía virgen, habían intentado implantar el “comunismo libertario”. En la conquista del campo empeñaban la vida. La habían dado ya muchos campesinos. Al campo fueron a refugiarse. Entre los que quedaban en el pueblo apenas se podrían contar dos o tres testigos de los sucesos y miembros del sindicato.
En la aldea había teléfonos misteriosos que comunicaban con Madrid y con Cádiz constantemente. Había papel para los atestados, sellos judiciales, casas donde tomaban el desayuno los oficiales y los enviados del Gobierno —había llegado uno, de Cádiz—. Había la inseguridad de ofrecer la paz sin que la aceptara el enemigo. La probabilidad de levantar los brazos inermes ante cuatro fusiles y recibir, sin embargo, la descarga. Estaba a cada paso la tapia de los fusilamientos. En el pueblo todo les podía ser hostil. En el campo, un obscuro instinto les decía que todo habría de serles favorable.
Viaje a la aldea del crimen, de Ramón J. Sender, publicado en 1934, ha sido reeditado por Libros del Asteroide.